La revista que no buscaba: redescubrir mis entrevistas del centenario de Ingenieros de Bilbao
Buscaba un proyecto de simulación con el lenguaje CHI de mis tiempos en Eindhoven y, en su lugar, apareció una revista de 1998 que había olvidado por completo: la Dyna del centenario de la Escuela de Ingenieros de Bilbao, con dos entrevistas firmadas por un estudiante de sexto curso que hoy casi no reconozco.

Lo que no encontré, y lo que apareció en su lugar
Llevaba semanas revolviendo cajas detrás de un documento muy concreto: la memoria de un proyecto que hice en el Instituto de Investigación Tecnológica de Eindhoven en 1999, sobre simulación de modelos matemáticos con un lenguaje llamado CHI. Ese texto sigue sin aparecer —puede que no sobreviviera a alguna mudanza, puede que simplemente esté en la caja equivocada— pero entre los mismos papeles surgió otra cosa que yo había olvidado por completo: un ejemplar de Dyna, la revista de la Escuela de Ingenieros de Bilbao, con la portada dedicada al número especial que en 1998 conmemoraba el centenario de la Escuela.
No exagero si digo que no recordaba ni haber colaborado en esa revista. Y sin embargo, al ver la portada, todo volvió de golpe: la petición, las entrevistas, la sensación de estar haciendo algo que no me correspondía del todo. Esa revista vive ahora en mi oficina, en una estantería donde guardo otras publicaciones y catálogos antiguos, algunos de los cuales también llevan mi firma en algún artículo. Pero esta era distinta. Esta llevaba veintitantos años esperando a que alguien —yo mismo, sin saberlo— tropezara con ella otra vez.

Un estudiante de sexto con una grabadora prestada
En 1998 yo estaba terminando sexto curso de Ingeniería Industrial, especialidad Mecánica, y formaba parte de IAESTE, la asociación de estudiantes que gestiona prácticas internacionales en empresas de todo el mundo. Fue a través de esa asociación como me propusieron participar en el número del centenario, entrevistando a ingenieros con trayectorias ya consolidadas. No elegí a quién entrevistar: me asignaron directamente a los entrevistados, y la lógica de esa asignación tenía menos de editorial y más de logística estudiantil. Yo no tenía coche, así que me tocaron los perfiles más sencillos de gestionar sin él: uno de ellos ni siquiera exigía moverme, porque la entrevista se hizo en la propia Escuela; el otro fue en Getxo, en las oficinas de Sener, adonde se podía llegar perfectamente en transporte público.
Detrás de esa aparente sencillez logística había, en realidad, dos historias profesionales enormes: la ingeniería nuclear española contada desde dentro por alguien que se había formado en el MIT, y una vida entera ligada a la siderurgia vasca y a la propia Escuela como profesor. A mis veinticuatro años, ese contraste —entre lo trivial de "puedo llegar en autobús" y lo trascendente de lo que esas personas tenían que contar— no lo valoraba especialmente. Ahora, releyéndolo, me parece uno de los detalles más reveladores de todo el episodio.
El miedo no era el prestigio, era la escritura
Si algo tengo claro al mirar atrás es que el nerviosismo de aquellos encuentros no venía de sentarme frente a gente con muchísimos más años de experiencia que yo. Eso, curiosamente, no me intimidaba tanto. Lo que sí me pesaba era la escritura en sí misma: yo no era periodista, no tenía ninguna formación para estructurar una entrevista ni para convertir una conversación en un texto publicable, y tenía la sensación constante de estar practicando una suerte de intrusismo. Escribir sobre ingeniería nuclear o sobre la industria del acero me resultaba menos intimidante que escribir, sin más, para que alguien lo leyera en una revista con mi nombre debajo.
Pero ahí residía también el sentido completo del encargo. La gracia no estaba en que yo suplantara a un periodista —de hecho, lo hacía con mucha inseguridad—, sino en que la entrevista fuera, literalmente, de estudiante de ingeniería a profesional de la ingeniería. Eso era lo que el centenario necesitaba: no tanto una crónica periodística al uso como el gesto de poner a dos generaciones frente a frente, con varias décadas de distancia entre unos y otros. Yo ocupaba el papel de periodista únicamente porque alguien tenía que sostener ese encuentro generacional, y lo que le daba sentido al ejercicio era precisamente ese contraste de edades, no la pericia narrativa de quien preguntaba.
Las entrevistas en sí, además, fueron rápidas —recuerdo, más que ningún detalle concreto, la sensación general de estar hablando con gente muy ocupada, con poca disponibilidad real de tiempo para dedicarle a un estudiante con una grabadora prestada. No hubo grandes escenas ni anécdotas memorables del encuentro en sí; lo que queda, sobre todo, es el eco de esa prisa ajena.
Releer casi treinta años después
Transcribir estas entrevistas del papel amarillento a un archivo digital ha sido, en sí mismo, un ejercicio curioso de reconocimiento fallido. No me reconozco demasiado en cómo está escrito. Es posible que la revista editara el texto antes de publicarlo —no tengo forma de saberlo con certeza—, pero incluso descontando esa duda, lo que noto sobre todo es una carencia: falta lado humano. Sobra lo profesional, la cronología, el dato técnico, y falta la persona detrás de la trayectoria. Si tuviera que hacer estas mismas entrevistas hoy, con los años que tengo ahora, intentaría humanizarlas mucho más: preguntar menos por las fechas de las cátedras y más por lo que sentían al recordarlas.
Aun así, no quiero corregir retroactivamente lo que aquel estudiante escribió. Prefiero dejar esas entrevistas tal como fueron —con su frialdad ocasional, con su estructura un poco rígida de pregunta-respuesta— porque son, también, un documento de quién era yo entonces, no solo de quiénes eran ellos. Lo que sí voy a hacer es rescatarlas para este blog, casi tal cual se publicaron en 1998, acompañadas de las fotografías que conservo del propio ejemplar de Dyna: la conversación con Francisco Albisu sobre la ingeniería nuclear española y su paso por el MIT, y la conversación con José María Palacios sobre la siderurgia vizcaína y toda una vida dedicada a la Escuela de Ingenieros de Bilbao. Dos historias que llevaban más de dos décadas esperando en una caja, a que alguien buscara otra cosa y, por casualidad, las volviera a encontrar.


