Árboles con portero automático: el sueño que nunca olvidé
De pequeño tenía un sueño recurrente con árboles que llevaban incrustados paneles de portero automático. Décadas después, sigo sin saber qué significaba, pero por fin me apetecía contarlo.

Me despierto a veces en ese estado de duermevela en el que todavía tengo el sueño entero entre las manos. Lo veo nítido, completo, con su lógica imposible perfectamente ordenada, y me digo a mí mismo: esto tengo que contarlo, ¡menuda paranoia! Diez minutos después, ya de pie y con la cabeza puesta en el día que empieza, solo me queda la sensación de haber soñado algo. La forma exacta del sueño ha desaparecido. Sé que estaba ahí hace nada y ahora no hay manera de volver a agarrarlo.
Porque confieso que soy de los que casi nunca recuerdan lo que sueñan. Pertenezco a esa categoría de personas convencidas durante años de que apenas soñaban, hasta que alguien me explicó que eso es estadísticamente imposible. Así que vivo con una especie de amnesia nocturna asumida: cada mañana tiro a la basura, sin querer, varias películas que mi propio cerebro se ha molestado en producir. Y sin embargo, con todo ese historial de olvido, hay un sueño que se quedó. Uno solo. Y de eso quería hablar hoy.
El sueño que sí se quedó
De pequeño tenía un sueño recurrente. No exactamente el mismo cada vez, pero sí muy parecido, como esas series que cambian la trama de cada capítulo pero mantienen siempre el mismo decorado. El escenario no se movía nunca: estábamos en el monte, esa cosa tan de aquí de irse a pasar el día arriba, entre la familia, el bocadillo y la manta en el suelo. A veces era un picnic con los míos, a veces jugaba con otros niños, a veces era una mezcla confusa de las dos cosas. Pero siempre había un elemento fijo, una constante que se repetía noche tras noche: estábamos rodeados de árboles.
Hasta aquí, todo razonable. Un niño de Bilbao soñando con un día de monte no tiene nada de extraordinario. El detalle raro, el que convierte este recuerdo en algo que sigo arrastrando casi medio siglo después, viene ahora. Y es que aquellos árboles no eran árboles normales.
Porteros automáticos creciendo en los troncos
Los árboles de mi sueño tenían incrustados, en mitad del tronco, paneles de portero automático. Esos de los portales de toda la vida: la placa metálica con su rejilla de altavoz, los botones en columna y, al lado de cada botón, el cartelito con el nombre de cada vecino de la comunidad. Tal cual. Como si en lugar de corteza, aquellos troncos tuvieran la entrada de un edificio de viviendas pegada a la altura de mi cara.
Nadie en el sueño se sorprendía de aquello, que es lo bonito de los sueños. Allí estábamos todos de picnic, tan tranquilos, con un bosque entero lleno de timbres y de nombres de familias que no conocía de nada. Yo, de niño, lo aceptaba con esa naturalidad absoluta con la que se aceptan las cosas mientras se duermen. Solo ahora, contándolo despierto y por escrito, me doy cuenta de lo profundamente surrealista que era la imagen.
Y eso que todavía no he llegado a la parte inquietante.
El pitido que tiraba a todo el mundo al suelo
En algún momento del sueño, siempre, empezaba a sonar un pitido. No un pitido cualquiera, sino uno terrible, agudísimo, insoportable, que salía de uno de aquellos porteros automáticos clavados en los troncos. De cuál exactamente nunca se sabía. El sonido lo invadía todo y la gente del picnic empezaba a caer al suelo y a taparse los oídos, retorciéndose, como en esas escenas de película en las que un arma sónica deja fuera de combate a media ciudad.
El sueño no se resolvía solo. La única manera de que aquello parase era que llegara alguien —nunca veía bien quién— hasta el árbol que estaba pitando, pulsara algo en el panel, alguno de los botones, y el ruido cesara de golpe. Y justo en ese instante, en el segundo exacto en que volvía el silencio, el sueño terminaba. Cada vez. Como si la historia entera existiera solo para llegar a ese momento de alivio y apagarse ahí.
Me despertaba sin angustia, conviene decirlo. No era una pesadilla de las de despertarse sudando. Era más bien una especie de relato de tensión y descarga que mi cabeza decidió poner en bucle durante una parte de mi infancia, por motivos que se llevó consigo y nunca me devolvió.
Por qué olvidamos casi todos los sueños
He estado leyendo un poco sobre esto, picado por la curiosidad de por qué unos sueños se evaporan y otros se quedan grabados durante décadas. Resulta que tiene nombre: amnesia onírica. Y resulta también que todos soñamos varias veces cada noche, tres, cuatro, cinco veces, en ciclos de hora y media más o menos. Es decir, que mi sensación de no soñar casi nunca es pura ilusión: sueño tanto como cualquiera, simplemente no me entero.
La memoria de los sueños es extremadamente frágil. Si no te despiertas durante el sueño o justo al terminarlo, el recuerdo no llega a fijarse y se pierde en cuestión de segundos. De ahí esa frustración tan concreta de la duermevela: el cerebro sostiene la escena durante un instante brevísimo y, si te distraes o te levantas de golpe, se va. El despertador, por cierto, es el peor enemigo de todo esto: ese sobresalto seco dispara las hormonas del estrés y manda la atención directa a las obligaciones del día, barriendo de un plumazo cualquier resto de lo soñado.
Leí también una idea que me dejó pensando. Que olvidar los sueños no es un fallo, sino casi un mecanismo de autocuidado: si recordáramos con nitidez absoluta todo lo que soñamos cada noche, la frontera entre lo vivido y lo imaginado se volvería borrosa hasta resultar insoportable. Nuestra cabeza nos protege olvidando. Lo cual hace todavía más raro que un sueño concreto, sin nada que aparentemente lo justifique, decida saltarse esa norma y quedarse a vivir contigo para siempre.
¿Y por qué en árboles?
La parte del portero automático tiene, si me esfuerzo, una explicación más o menos amable. De niño yo no llegaba al panel del portal de mi casa. Quedaba demasiado alto, fuera de mi alcance, y eso convertía a aquellos aparatos en artilugios lejanos y un poco enigmáticos: cajas que abrían puertas, que hacían sonar timbres, que dejaban entrar a la gente, manejadas siempre por manos de adultos por encima de mi cabeza. Y el pitido seguramente no era más que el sonido del telefonillo al abrir el portal, ese zumbido eléctrico tan reconocible, magnificado por la lógica del sueño hasta convertirse en un arma.
Hasta ahí puedo seguir el hilo. Lo que no consigo descifrar de ninguna manera es por qué todo aquello aparecía clavado en árboles. Por qué el bosque, por qué el monte, por qué unir el día de campo, lo más abierto y libre del mundo, con ese símbolo tan urbano y tan cerrado de los timbres y los nombres de los vecinos. Quizá había ahí algún cruce de cables entre la naturaleza y la ciudad que mi cabeza de cinco años no sabía resolver de otra forma. Quizá no significaba nada y simplemente a mi cerebro le pareció una buena imagen. Con los sueños nunca se sabe.
No lo sé, pero apetecía contarlo
No tengo conclusión. No sé qué significaba aquel sueño, ni por qué se repetía con tanta insistencia, ni por qué, entre todas las películas nocturnas que he ido perdiendo a lo largo de la vida, esta es la única que se negó a desaparecer. Estoy seguro de que existe alguna rama de la psicología que ha estudiado esto a fondo y que tendría algo más sensato que decir que yo. Y estoy seguro también de que no soy el único al que le pasan estas cosas.
Pero un día me acordé del bosque, de los troncos con sus timbres, del pitido y de la gente cayendo al suelo, y me apeteció dejarlo escrito antes de que también esto se me olvidara. Que para algo está esto, este cajón desastre donde voy guardando lo que no cabe en ningún otro sitio. Y los árboles con portero automático, desde luego, no cabían en ninguna parte.


