Cuando la rana se llamaba Gustavo

Lobezno, el tío Gilito, la Masa, el pato Lucas o Epi y Blas fueron los nombres con los que crecimos. La globalización decidió que todos los personajes debían llamarse igual en todas partes, y con esa decisión se llevó por delante una capa entera de infancia compartida.

Salón español de los años ochenta con un televisor de tubo encendido y tebeos esparcidos por el suelo

En mi casa la rana era Gustavo. No Kermit: Gustavo, con ese aire de vecino del cuarto que se llama Gustavo y trabaja en una gestoría. El pato era Lucas, el tío del dinero era Gilito, y sus sobrinos eran Juanito, Jorgito y Jaimito, tres nombres que todavía hoy se me caen de la boca en ese orden exacto aunque nunca supe cuál era cuál. Confieso, sin ningún rubor, que hasta hace bien poco no tenía ni idea de que en su partida de nacimiento se llamaban Huey, Dewey y Louie.

Luego llegaron los tebeos, que era como los llamábamos entonces, y con ellos la Patrulla X, Lobezno, Pícara, la Masa. Y las tardes de sofá viendo cómo Bill Bixby se cabreaba por enésima vez y Lou Ferrigno reventaba la camisa por enésima vez, con esa coreografía tan tranquilizadora de saber exactamente lo que iba a pasar. Nada de aquello se llamaba como se llamaba en Estados Unidos, y a nadie le importaba lo más mínimo.

Por qué se traducían los nombres de los personajes

La traducción de nombres no era un capricho de nadie: era la única manera de que un chaval de Bilbao entendiera lo que estaba viendo. Los nombres originales están llenos de guiños intraducibles. Huey, Dewey y Louie, según contó uno de sus creadores, venían de Huey Long, gobernador de Luisiana, de Thomas E. Dewey, gobernador de Nueva York, y de Louie Schmitt, un animador de la casa. Tres referencias de política y oficina estadounidense de los años treinta que aquí no significaban absolutamente nada. Juanito, Jorgito y Jaimito, en cambio, sonaban a tres primos que podían aparecer un domingo en casa de la abuela.

En los cómics pasaba lo mismo, pero con más margen de improvisación. Vértice, Bruguera y más tarde Forum castellanizaban a placer, con resultados que iban de lo brillante a lo desconcertante. Daredevil fue Dan Defensor durante años, hasta el punto de que hay un libro entero titulado así sobre la historia de Vértice. The Hulk fue la Masa, que es un nombre magnífico, contundente y un poco absurdo, exactamente igual que el personaje. Y Deadpool fue Masacre, una elección que funcionaba mejor que el original: describe lo que hace el tipo, cómo lo hace y con qué grado de exageración.

El caso más famoso es también el más equivocado. Se le atribuye al traductor Salvador Dulcet el bautizo de Wolverine como Lobezno, siguiendo una lógica impecable y completamente errónea: si wolf es lobo, wolverine debe ser lobezno. En realidad un wolverine es un glotón o carcayú, un mustélido rechoncho y de muy mala baba que no tiene nada que ver con los lobos. Da igual. Lobezno se quedó, se hizo enorme y ha sobrevivido a todos los intentos de corrección posteriores, que no han sido pocos.

2011, el año en que Gustavo pasó a llamarse Kermit

El momento en el que esto se rompe tiene fecha razonablemente clara. Con el estreno de Los Muppets en 2011, ya con Disney como propietaria de la marca, la compañía impuso el nombre Kermit para todas las versiones internacionales, jubilando de un plumazo a la rana René de Latinoamérica y a nuestro Gustavo. En México llegaron a distribuir un vídeo con la propia rana explicando el cambio de nombre, mitad promoción, mitad disculpa. Ahí está el gesto: ya no se traduce, se explica que ya no se traduce.

No existe, que yo sepa, un memorándum público donde Disney diga «a partir de mañana, todos los personajes se llaman igual en todo el planeta». Lo que hay es algo más gradual y más lógico desde el punto de vista de quien vende. A partir de los años dos mil, los estrenos pasaron a ser mundiales y simultáneos: un tráiler se ve el mismo día en Bilbao, en São Paulo y en Manila. El merchandising se fabrica una vez y se distribuye a cincuenta países. Las campañas se compran globalmente. Y cuando alguien busca un personaje en internet, quiere que el buscador le devuelva resultados, no un galimatías de tres nombres distintos según el idioma. Mantener quince nombres locales para el mismo muñeco es, sencillamente, caro y confuso.

Entiendo perfectamente la decisión. Desde una hoja de cálculo, es indiscutible. Desde el sofá donde vi romperse aquellas camisas, me parece una pena considerable.

Lo que ha caído y lo que aguanta

La unificación no ha sido ni uniforme ni completa, y ahí está lo interesante. Deadpool se ha comido a Masacre casi por completo en el imaginario popular, básicamente porque el personaje era minoritario aquí hasta que llegaron las películas en 2016 y el nombre inglés entró directamente sin pasar por la aduana. Hulk hizo exactamente lo mismo con la Masa: hoy decir «la Masa» te sitúa generacionalmente con la misma precisión que decir «el vídeo comunitario». Curiosamente, en los cómics Panini sigue publicando a Masacre, así que el personaje vive una esquizofrenia bastante graciosa entre la pantalla y el papel.

Lobezno, en cambio, ha resistido de una manera casi conmovedora. La película de 2024 se estrenó aquí como Deadpool y Lobezno, un híbrido perfecto que resume el estado de la cuestión: el nombre nuevo y el nombre viejo compartiendo cartel porque ninguno de los dos podía ceder. Y en 2025, cuando PlayStation anunció el videojuego de Insomniac, en España lo tituló Marvel: Lobezno. Cuarenta años después del error de traducción más famoso del cómic español, el error sigue vendiendo más que la corrección.

También aguantan los patos. El reboot de Patoaventuras de 2017 mantuvo en España a Tío Gilito y a Juanito, Jorgito y Jaimito, mientras en Latinoamérica seguían siendo Rico McPato y Hugo, Paco y Luis. Y aguantan Epi y Blas, que en el fondo son Ernie y Bert, y que en mi cabeza no van a cambiar jamás por mucho que Sésamo se haya vuelto global. Hay nombres que están tan soldados a la memoria que ninguna estrategia de marca los va a despegar.

El placer de descubrir cómo se llaman en otros sitios

Lo que más lamento de todo esto no es la nostalgia, que también, sino la pérdida de un juego concreto: el de sentarte con alguien de otro país y descubrir cómo llamaba de pequeño a los mismos personajes que tú. Rafa me ha recitado mil veces la nómina brasileña y sigue haciéndome la misma gracia que la primera vez. Bugs Bunny allí es Pernalonga, literalmente «piernas largas», que es una descripción bastante más honesta que la nuestra. El pato Lucas es Patolino. El gallo Claudio es Frangolino. Silvestre es Frajola, Piolín es Piu-Piu y Porky es Gaguinho, el tartaja.

Y luego está la sección de nombres improbables, que es donde el asunto alcanza la excelencia. Elmer Gruñón, allí, es Hortelino Troca-Letras. Sam Bigotes es Eufrazino Puxa-Briga, algo así como Eufrasino Busca-Broncas. Correcaminos es Papa-Léguas, el que se come las leguas. Cada uno de esos nombres es una pequeña decisión creativa tomada por alguien en una sala de doblaje hace sesenta años, sin saber que iba a durar más que él.

En Latinoamérica el catálogo no se queda corto. Kermit fue la rana René, el tío Gilito fue Rico McPato y Wolverine llegó a llamarse Aguja Dinámica, además de Guepardo y, brevemente, Glotón, que era el único zoológicamente correcto de todos y también el que peor sonaba. Nosotros nos reímos de Aguja Dinámica y ellos se ríen de Lobezno, y en esa conversación, que es siempre la misma y siempre divertida, hay más cultura compartida que en cualquier campaña global de marca.

Lo que se pierde cuando todo se llama igual

El argumento a favor de la unificación es sólido y no me voy a hacer el ofendido: un crío de hoy puede hablar de un personaje con otro crío de Yakarta sin necesidad de traductor, buscar información sin encontrarse cinco nombres distintos y comprarse la camiseta correcta. Los nombres originales, además, tienen su propia poesía cuando te molestas en mirarlos: Scrooge McDuck es una referencia directa a Dickens que Tío Gilito se cargó por completo, y probablemente merecía sobrevivir.

Pero cada capa local que se elimina es una capa de complicidad que desaparece. Aquellos nombres traducidos eran una forma de que un personaje nacido en Burbank pasara a ser también un poco nuestro, de la misma manera que lo eran los tebeos de segunda mano, la merienda de pan con chocolate y el televisor encendido a las seis de la tarde. No eran fieles al original, no eran correctos y a menudo eran un disparate. Precisamente por eso eran nuestros.

Así que aquí seguiré, con mi glosario particular y desactualizado. Diré Lobezno mientras me dejen y bastante después de que dejen de dejarme. Seguiré llamando Epi y Blas a Ernie y Bert. Y cuando alguien mencione a Rogue, me llevará un segundo de más darme cuenta de que está hablando de Pícara, que es como se llama de verdad, aunque el mundo entero se haya puesto de acuerdo en lo contrario.

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