El día que desinstalé Instagram (y por qué tardé tanto)

Hoy he desinstalado Instagram de mi teléfono. No es un acto de rebeldía ni una declaración de principios: es simplemente el final lógico de una historia que Meta se encargó de estropear poco a poco.

Teléfono móvil apagado sobre una mesa de madera junto a una cámara analógica, luz natural difusa

Hoy he desinstalado Instagram de mi teléfono. No ha sido un gesto dramático ni una decisión tomada en caliente: ha sido más bien el final inevitable de una historia que lleva años escribiendo su propio epílogo. Y me apetece contarla desde el principio, porque el principio merece la pena.

El día uno en Android

Fui usuario de Instagram desde el primer día en que estuvo disponible para Android. Antes de eso era territorio exclusivo de iPhone, una de esas aplicaciones que llegaban con el aura de lo que los demás no podían tener todavía. Cuando por fin se abrió a Android, me lancé sin dudarlo. Siempre me ha gustado la fotografía, no de forma profesional ni obsesiva, sino como aficionado que encuentra placer en mirar el mundo con cierta atención y en guardar esa mirada en una imagen. Instagram parecía exactamente el sitio adecuado para eso: un escaparate sencillo, bonito, centrado en la foto.

Los inicios fueron algo torpes, como siempre que uno entra en un espacio nuevo y todavía no sabe bien cómo moverse. No tenía claro qué tipo de fotos subir, ni cómo interactuar, ni cuál era el tono apropiado. Pero fui encontrando mi estilo poco a poco, y con el estilo llegó algo más valioso: la comunidad.

Una red social de verdad

Aquello, en sus buenos tiempos, era una red social en el sentido más literal del término. Había un grupo de aficionados a la fotografía que nos seguíamos, nos comentábamos el trabajo, nos animábamos mutuamente y con el tiempo nos fuimos conociendo de verdad. Llegué a quedar con gente de otras ciudades a la que solo conocía a través de una pantalla: en Barcelona, en Gijón, en Estambul. No como turistas cruzándose por casualidad, sino como personas que habían construido algo parecido a una amistad a través de imágenes y comentarios.

También fue la época de las comunidades "igers", esas agrupaciones locales de aficionados que organizaban quedadas para sacar fotos juntos, concursos internos, retos temáticos. Me integré en igers_bilbao y conocí gente que hoy sigo considerando amigos, aunque la app que nos juntó ya no sea lo que era. Salíamos a la calle con la cámara o el teléfono, buscábamos ángulos, compartíamos el resultado, nos dábamos caña con cariño. Eso era Instagram. Eso es lo que echo de menos.

Cómo Meta mató lo que había construido

Antes de que llegase la pandemia, el daño ya estaba hecho dentro de la aplicación. Instagram había dejado de ser una red social para convertirse en una plataforma de generadores de contenido, gobernada por algoritmos diseñados con un único objetivo: retenerte el máximo tiempo posible dentro de la app. El resultado fue que dejé de ver las fotos de las personas a las que seguía explícitamente, y ellas dejaron de ver las mías. El muro se llenó de contenido de cuentas que no me importaban, vídeos que no había pedido y publicidad cada vez más agresiva. Con eso llegó el hartazgo generalizado: la gente dejó de publicar buenas fotos porque Instagram ya no iba de eso. Yo mismo me aburrí de subir imágenes que nadie veía, me limité a publicar algo en eventos concretos y, finalmente, dejé de publicar del todo.

La pandemia vino después y mató lo que quedaba en pie: las quedadas físicas, los ratos por la calle con la cámara en la mano, los encuentros de igers_bilbao. Pero aquí está el matiz importante: si la aplicación hubiese seguido siendo una red social de verdad, ese vínculo digital nos habría mantenido conectados durante el confinamiento y nos habría empujado a retomar los encuentros cuando fue posible. No lo hicimos, pero no fue por dejadez. Es que el soporte ya no estaba. La plataforma que nos había unido ya no cumplía esa función, y sin ella, la comunidad presencial tampoco tenía donde apoyarse para renacer.

Por qué seguía instalado (y por qué ya no)

Si Instagram llevaba meses sin aportarme nada, la pregunta obvia es por qué seguía ocupando espacio en mi teléfono. La respuesta es un tanto incómoda: porque Meta consiguió algo curioso y bastante astuto, que la gente usara Instagram como sistema de mensajería. Cuando conoces a alguien y quieres mantener un contacto ligero, sin la intimidad de dar tu número de teléfono, el intercambio de perfiles de Instagram se ha vuelto algo completamente habitual. Es ese punto intermedio entre el anonimato y la confianza.

Pero llega un momento en que ese argumento ya no es suficiente para aguantar la incomodidad de tener la app instalada. Estoy demasiado harto de Meta como para seguir dándole presencia en mi pantalla principal.

No voy a borrar la cuenta, igual que no borré la de Facebook cuando desinstalé esa aplicación hace ya varios años. Trabajo en desarrollo web y en más de una ocasión necesito acceder a perfiles o gestionar páginas para clientes. Lo usaré desde el navegador cuando sea necesario. Además, voy a mantener la app instalada en la tablet durante un tiempo de cuarentena, porque la versión web sigue siendo bastante limitada en funcionalidades. Pero del teléfono, fuera.

El elefante en la habitación: WhatsApp

Ojalá pudiera dar el mismo paso con WhatsApp. Pero es imposible, al menos de momento. Su penetración en España es tan absoluta que desinstalarlo equivale a desaparecer del mapa: familia, amigos, clientes, grupos de trabajo, todo pasa por ahí. Es la trampa perfecta de Meta: mientras no puedas salir de WhatsApp, nunca te irás del todo.

Instagram, en cambio, sí tiene alternativas. No perfectas, no con la misma masa crítica, pero alternativas al fin y al cabo. Y eso, paradójicamente, hace que dejarlo sea más fácil.

Un adiós con cierta nostalgia

Instagram es, con diferencia, la red social que más he disfrutado en toda mi vida digital. Lo que fue en sus primeros años, esa comunidad de aficionados compartiendo miradas sobre el mundo, fue algo genuinamente bonito. Una lástima que dejase de serlo.

En el artículo Momentos aleatorios compartidos en redes sociales guardo una recopilación de las más de 3.000 fotos que subí a Instagram a lo largo de todos estos años. Están ahí, como testimonio de lo que aquello fue. Y eso, al menos, nadie me lo quita.

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