Ucrónico: El museo de las cosas que nunca ocurrieron

Un gimnasio en 1632, un vestuario de atletas pintado al fresco en Pompeya, unos monjes benedictinos alrededor de algo que emite luz propia. Una colección de obras que registran acontecimientos que jamás sucedieron, presentados con toda la solemnidad de una pieza de museo.

Pintura al óleo de estilo barroco en la que un hombre hace press de banca rodeado de caballeros con gorguera

Un hombre haciendo press de banca en 1632. Barra cargada, torso desnudo, brazos en tensión, y alrededor un grupo de caballeros con gorguera observando la maniobra con la expresión de quien asiste a un experimento científico de resultado incierto. Al fondo, un estandarte con el lema viribus virtus y una estatua clásica que parece no aprobar nada de lo que está viendo. En primer plano, un perro dormido, porque en los cuadros de esa época siempre hay un perro dormido en primer plano.

El cuadro se titula El descubrimiento del gimnasio, es un óleo sobre lienzo atribuido a la escuela de Amberes y no existe. No existe el cuadro, no existió el pintor y desde luego no ocurrió el acontecimiento. De las tres cosas, la que menos me preocupa es la última.

Un museo que no existe

Con esa pieza abre El museo de las cosas que nunca ocurrieron, que es la serie que empiezo hoy aquí, en garabatos. La idea es sencilla de explicar y bastante entretenida de ejecutar: una colección de obras de arte que registran acontecimientos que jamás sucedieron. Primeros descubrimientos que no fueron los primeros, inventos que aparecieron siglos antes de tiempo, encuentros entre personas que no llegaron a coincidir nunca, anomalías históricas y escenas directamente absurdas.

Ninguna de estas obras existe. Los artistas tampoco, las escuelas a las que se les atribuyen son inventadas, las instituciones que supuestamente las conservaron probablemente también, y los números de inventario me los estoy sacando de la manga con un entusiasmo considerable. Es un museo entero levantado sobre nada, que es justo lo que lo hace divertido de construir.

Y conviene decir cuanto antes dónde no está la gracia. No está en el anacronismo. Un señor levantando pesas en un lienzo del XVII tiene su punto durante unos tres segundos y después se agota, igual que se agotan todos los chistes que consisten en poner un móvil en manos de un romano. Lo que sostiene la idea es todo lo demás.

La solemnidad es el material de trabajo

Un museo es, entre otras cosas, una máquina de conceder seriedad. Basta con colgar algo en una pared, ponerle un marco dorado y añadir debajo un rectangulito con la técnica, el año y la procedencia para que lo miremos de otra manera. La cartela decide qué estamos viendo. Un cuerpo desnudo fechado en 1520 es mitología, alegoría, virtud clásica; el mismo cuerpo fechado en 1980 se convierte en otra cosa y hay quien aparta la mirada. La pintura no ha cambiado. Ha cambiado la etiqueta.

Este museo funciona explotando exactamente ese mecanismo. Cada obra está construida para parecerse a lo que un artista de su tiempo habría hecho si el acontecimiento hubiera ocurrido de verdad y le hubieran encargado dejarlo registrado. La luz responde a su época, la composición también, los personajes miran a donde miraban los personajes de entonces y nadie dentro del cuadro parece darse cuenta de que esté pasando nada extraordinario. Esa es la condición imprescindible: si alguno de los retratados guiñara el ojo, se caería todo.

Y luego está la cartela, que es donde de verdad me lo voy a pasar bien. La ficha técnica, la atribución dudosa, el nombre del monasterio que conservó la pieza durante cuatro siglos, la nota del conservador advirtiendo de que el perro del primer plano podría ser un añadido posterior. Cuanto más seco y más burocrático sea ese texto, más se abre el hueco por el que se cuela lo demás.

Lo que se guarda en la colección

El fondo del museo no se limita a la pintura al óleo. Hay frescos, grabados, manuscritos iluminados, retratos de corte y documentos visuales de todo tipo, repartidos por épocas, lugares y tradiciones muy distintas. Lo único que tienen en común es la naturalidad con la que registran algo que no pasó nunca.

Está El primer hombre maquillado, óleo de 1758 de escuela francesa, en el que un joven de peluca empolvada y casaca rosa se aplica carmín frente a un espejo ovalado mientras media corte lo observa por encima del hombro con una mezcla de fascinación y cálculo social. Está El vestuario de los atletas, fresco de hacia el año 100 antes de Cristo atribuido a una villa de Pompeya, con las paredes en rojo y el lema viribus amicitia ludis corriendo por el friso superior, donde varios cuerpos coinciden desnudos por motivos estrictamente deportivos y el pintor no ve en ello nada digno de comentario.

Y está Los hombres que encontraron internet, iluminación sobre pergamino de hacia 1420 conservada en el monasterio de San Albano, que es probablemente la pieza más rara del fondo. Una docena de benedictinos apiñados en torno a un objeto plano que emite luz propia sobre el atril, con las caras iluminadas desde abajo y la arquitectura gótica trazada en oro alrededor, bajo la inscripción omnia coniungit mundum. Nadie en la escena parece asustado, que es el detalle que más me gusta: para ellos aquello es simplemente otro objeto de estudio más.

El siglo XIX aporta dos piezas que se miran de reojo. La primera llamada, óleo de 1876 de escuela victoriana, muestra a un joven medio cubierto por una sábana sosteniendo el auricular junto a una mesa de despacho, con la cúpula de San Pablo asomando por la ventana y cuatro caballeros de levita observándolo desde atrás con las manos en la barbilla. Y La primera drag queen, óleo de 1897 de escuela de París, con su cartel del Folies al fondo, sus plumas rosas y su corro de señores de traje oscuro mirando lo que probablemente no sabían que estaban mirando.

Mosaico con seis obras de la colección y sus cartelas: el descubrimiento del gimnasio de 1632, el primer hombre maquillado de 1758, el vestuario de los atletas de Pompeya, la primera llamada de 1876, la primera drag queen de 1897 y los hombres que encontraron internet hacia 1420
El museo de las cosas que nunca ocurrieron

Las reglas de la casa

Los lemas latinos no son decoración. Casi todas las piezas llevan una inscripción en un estandarte, un friso o una orla, y funcionan como el comentario que el artista dejó para que se entendiera de qué iba la escena. Viribus virtus en el gimnasio de Amberes, viribus amicitia ludis en el vestuario pompeyano, omnia coniungit mundum sobre los monjes del atril luminoso. Leídas en conjunto, esas frases van componiendo una moral del museo bastante más coherente de lo que cabría esperar de una institución inexistente.

La segunda regla tiene que ver con las fechas, y es la que más juego va a dar. En esta colección conviven obras pintadas por testigos contemporáneos del acontecimiento y reconstrucciones muy posteriores, imaginadas siglos después por artistas que solo tenían noticia indirecta de lo que había pasado. En esos casos, lo que estamos viendo no es el hecho, sino cómo se lo imaginaba una época concreta. Un error de perspectiva histórica dentro de una historia que ya era falsa de partida.

La tercera es la acumulación. Con el tiempo quiero que se repitan nombres de pintores, procedencias y talleres, que el monasterio de San Albano vuelva a aparecer en las fichas cada cierto tiempo, que haya un conservador especialmente cascarrabias cuyas notas vayan dejando pistas de sus manías. El objetivo real, más que el gag de la primera entrega, es que a la quinta sala reconozcáis la firma antes de leer la cartela.

Cómo se va a visitar este museo

La colección se abrirá por salas. Cada entrega reunirá un puñado de obras alrededor de un tema común, con su texto de comisario, sus fichas técnicas completas y sus notas de procedencia. Los inventos adelantados son la puerta de entrada más evidente, pero hay más habitaciones previstas: encuentros imposibles entre personas reales que no coincidieron, escenas domésticas absurdas elevadas a la categoría de gran pintura de historia, oficios que jamás existieron retratados con toda la dignidad del gremio.

Y habrá también drama institucional, que es la veta que creo que va a dar más de sí a largo plazo. Obras perdidas y recuperadas, restauraciones desastrosas, lienzos que estuvieron cuarenta años colgados del revés, atribuciones que se cayeron en los años ochenta y piezas reclamadas simultáneamente por dos países que no se hablan. Un museo de verdad es sobre todo eso: papeleo, disputas y un almacén lleno de cosas que nadie enseña.

La primera sala está a punto de abrir, y trae unas cuantas piezas que no aparecen en esta presentación. Prefiero no adelantar nada.

Todas las salas que se vayan abriendo quedan reunidas, por orden, en la etiqueta museo ucrónico.

Bienvenidos

Cada época se ha imaginado a sus héroes, sus cuerpos, sus deseos y sus futuros con los medios que tenía a mano. Hubo un primer hombre que se maquilló aunque no sepamos su nombre, hubo una primera vez que varios cuerpos coincidieron desnudos en un vestuario por motivos deportivos y no rituales, y hubo una primera vez para casi todo lo demás. La mayoría de esas primeras veces no las pintó nadie, porque a nadie le pareció que merecieran un lienzo.

Este museo se dedica a imaginar qué habría pasado si alguien hubiera decidido que sí lo merecían.

Cartela de presentación de El museo de las cosas que nunca ocurrieron
Cartela de presentación de El museo de las cosas que nunca ocurrieron

Nada de esto ocurrió. Pero podría haber ocurrido, y a mí eso me parece razón suficiente para colgarlo en una pared.

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