¿Los ricos también enrollan el tubo de la pasta de dientes?

Una amiga lleva tres días exprimiendo un tubo que ya estaba vacío. De ahí sale una pregunta que me hacía de niño y que sigo sin poder responder del todo: si tienes dinero de sobra, ¿te molestas en rascar el fondo del dentífrico?

Tubo de pasta de dientes enrollado desde la base sobre el borde de un lavabo de mármol

Eder lo contó entre dos sorbos de vino, con el mismo tono con el que se comenta el tiempo: llevaba tres días exprimiendo el mismo tubo de pasta de dientes. Tres días dándolo por muerto cada noche y encontrando, cada mañana, una cantidad perfectamente digna de producto. No era una queja ni una confesión de tacañería. Lo decía con asombro sincero, como quien descubre que un grifo bien cerrado sigue goteando.

Me pareció una tontería estupenda. De esas que uno se guarda en el bolsillo y saca tres horas después, ya de camino a casa, para descubrir que debajo había una pregunta bastante más gorda.

El tubo que nunca se acaba

Lo primero: Eder no está loca y su tubo no es milagroso. La pasta de dientes es un gel, y los geles son unos caraduras. En reposo se quedan quietos y agarrados a las paredes; solo empiezan a moverse cuando les aprietas con ganas. Por eso el dentífrico se queda plantado encima del cepillo en vez de escurrirse hasta el suelo. Y por eso, mientras duermes, todo lo que sigue pegado por dentro del tubo se va descolgando despacio y se reagrupa cerca de la boquilla. A la mañana siguiente hay otra dosis, no porque el tubo la haya fabricado durante la noche, sino porque tú nunca llegaste a sacarla.

En realidad ningún tubo entrega todo lo que lleva dentro. Siempre queda una película pegada a las paredes. La única duda es cuánto estás dispuesto a pelear por ella.

Y ahí aparece la parte sentimental del asunto, porque los tubos de mi infancia no eran esto. Eran de aluminio, un material rígido que se doblaba y se quedaba doblado, con sus pliegues afilados y su brillo metálico. Los de ahora son de plástico con memoria: los aplastas, los enrollas y, mientras te lavas la cara, oyes ese chasquido leve de la lámina volviendo a su sitio y deshaciéndote el trabajo. La técnica sigue en nuestras manos. Lo que ha dejado de colaborar es el envase.

Una técnica que enseñaban las madres

Porque era una técnica, con su método y su ortodoxia. Se empezaba por el extremo sellado, se doblaba un centímetro, se marcaba el pliegue con la uña del pulgar y se seguía enrollando hasta arrinconar el producto contra el cuello. Había quien remataba la faena con una pinza de la ropa y quien usaba el canto de una cuchara. En algunas casas apareció incluso aquel artilugio de plástico con una ranura, la llave del tubo, que se vendía en las ferreterías y que nadie recuerda haber comprado jamás pero que estaba en todos los cuartos de baño de España.

Nadie te sentaba a explicártelo. Se aprendía mirando, igual que se aprendía a guardar el papel de regalo bueno o a apurar el bote de tomate con un chorrito de agua. Venía sin manual y con una moral incorporada: en esta casa no se tira lo que todavía sirve. Que en el Bilbao de entonces no era ecologismo, sino la herencia directa de gente que había pasado hambre de verdad y que educó a sus hijas con el reflejo de aprovecharlo todo, incluso cuando ya no hacía ninguna falta.

De ahí vienen también las guerras del cuarto de baño, ese clásico universal: los que aprietan por el final y los que aprietan por el medio. Convivir con alguien del segundo grupo es una prueba de carácter que ninguna terapia de pareja ha conseguido resolver.

La pregunta que me hacía de niño

Y entonces, con nueve o diez años y el tubo entre las manos, llegaba la pregunta: ¿la gente rica también hace esto?

Me tenía dividido. Por un lado parecía obvio que no. Si tienes dinero de sobra, dedicar tres minutos de tu vida a rascar el fondo de un tubo es un esfuerzo absurdo cuando en el armario hay otro sin estrenar. Por otro lado, tirar producto que sigue saliendo, que está ahí y que has pagado, me parecía un despilfarro tan flagrante que no me imaginaba a nadie haciéndolo tan tranquilo, tuviera el dinero que tuviera.

Las dos intuiciones eran igual de fuertes y se anulaban entre sí. Nunca llegué a ninguna parte.

Cuarenta años después sigo sin respuesta cerrada, pero he leído lo suficiente para tener una sospecha. Existe un libro bastante famoso, El millonario de al lado, cuya tesis es que mucha gente con patrimonio serio vive de manera decepcionantemente normal: coches viejos, ropa corriente y una tendencia notable a que les duela gastar. Según sus autores, la frugalidad no es consecuencia de la riqueza sino una de sus causas. Con ese retrato, el rico enrollando el tubo no solo es posible: es el sospechoso habitual.

Y sin embargo, dos dosis extra de dentífrico no valen nada. Céntimos. Repones el tubo y no lo notas. Así que la resistencia a tirarlo no puede ser económica. Es otra cosa, más parecida al pudor: tirar algo que todavía funciona da un apuro que no tiene relación con lo que cuesta.

El cuarto de baño de un hotel lo desmonta todo

La mejor prueba contra la teoría del carácter la he encontrado viajando, y me deja mal a mí el primero.

En un hotel no enrolla el tubo nadie. Te dan un tubito de quince mililitros con el logo del establecimiento, lo usas dos días, te dejas la mitad dentro y lo abandonas junto al lavabo sin el menor remordimiento. Con el gel pasa igual, y con la crema, y con esa pastilla de jabón que has usado una vez. Las mismas manos que en casa doblan, aprietan y persiguen el último gramo, en la habitación 412 de cualquier ciudad se comportan como las de un aristócrata borbónico.

Lo que sugiere que el ritual no depende tanto de quién eres como de dónde estás. Necesita continuidad: un baño que sea tuyo, un objeto que lleve tres semanas contigo, un armario debajo del lavabo. En un hotel no hay historia y no hay madre enseñándote nada, así que el envase ni siquiera llega a existir como objeto y se tira sin pensarlo.

Entonces, ¿carácter o cartera?

Mi respuesta provisional, la que le daría al niño que preguntaba, es que el dinero no pinta casi nada. Lo que decide es la memoria de una casa. Uno enrolla el tubo porque alguien se lo enseñó, y punto. Habrá gente con muchísimo dinero que lo hace por exactamente el mismo motivo que yo, porque su madre lo hacía; y habrá gente que llega justa a fin de mes y lo tira en cuanto deja de salir a la primera, porque en su casa aquello nunca fue tema.

Lo que más gracia me hace es la incoherencia general. Los que perseguimos esas dos últimas dosis somos a menudo los mismos que dejamos el grifo abierto mientras nos cepillamos, tirando en treinta segundos varios litros de agua potable que valen infinitamente más que la pasta rescatada. No somos eficientes. Somos rituales.

Y puede que ahí esté lo bonito. Ese gesto ridículo, heredado y técnicamente inútil es de los últimos restos de una ética doméstica que ya no practicamos en casi ningún otro sitio. Tres días exprimiendo un tubo vacío no salvan la economía de nadie ni el planeta tampoco. Solo demuestran que todavía nos parece feo tirar algo que sigue sirviendo, y que alguien, hace mucho tiempo, se tomó la molestia de enseñárnoslo sin decirnos que nos lo estaba enseñando.

A Eder no le he contado nada de esto. Se lo contaré la próxima vez que quedemos, aunque me temo que para entonces seguirá con el mismo tubo.

···
Otras entradas