La represión invisible y el peso de no encajar
Una cerveza con un amigo de ochenta años y una pregunta incómoda: ¿por qué él recuerda el franquismo como una época normal y yo, treinta años después, recuerdo la falta de libertad? La respuesta está en la pertenencia.

El otro día me tomé una cerveza con mi amigo Jesús. Coincidimos más o menos un par de veces al año, lo justo para que cada encuentro tenga algo de puesta al día acelerada: cómo va la salud, qué tal la familia, qué ha cambiado desde la última vez. Son esas conversaciones que empiezan en lo concreto y que, a la segunda caña, se van por donde les da la gana.
Jesús anda por los ochenta años. En algún momento de la tarde la charla derivó hacia la educación, la de ahora y la nuestra, la que recibimos cuando éramos niños y adolescentes. Y ahí me dijo algo que me dejó dándole vueltas bastante después de pagar la cuenta.
Dos infancias separadas por treinta años
A Jesús le tocó crecer en pleno franquismo. Y, sin embargo, recuerda aquella etapa como algo normal. Sin represiones especiales, sin sentirse al margen de nada, con la libertad de cualquier vida rutinaria. No lo decía con nostalgia del régimen ni con ganas de blanquear nada; simplemente describía su experiencia tal y como la vivió.
Yo llegué a esa misma etapa de la vida unos treinta años más tarde. Mi infancia y mi adolescencia transcurrieron con la dictadura ya enterrada, la Transición bien avanzada y España preparando su entrada en la Comunidad Económica Europea, que llegaría en 1986. Sobre el papel, yo debería ser el de los recuerdos luminosos. Y, sin embargo, cuando pienso en aquellos años lo que me aparece es una sensación bastante nítida de represión y de falta de libertad.
¿Cómo puede ser? ¿Cómo es posible que alguien que vivió bajo una dictadura recuerde una vida corriente y alguien que creció en plena apertura democrática recuerde sentirse encorsetado?
La norma no se ve desde dentro
Creo que la respuesta cabe en una sola palabra: pertenencia.
Jesús es un hombre blanco, heterosexual, responsable y con vocación por el estudio. En la España de su juventud, eso era exactamente lo que se esperaba de un chico. Encajaba de lleno en la definición de persona «correcta» de su época. Las normas, las escritas y sobre todo las no escritas, estaban hechas a su medida, así que nunca tuvo que chocar con ellas. Y una norma con la que nunca chocas no se percibe como una imposición: se percibe como el paisaje.
Me gusta imaginarlo como una valla en mitad de un campo. Si caminas siempre por el lado que te ha tocado, puedes pasarte la vida entera sin saber que existe. Solo la descubre quien intenta cruzar al otro lado, o quien ha nacido, sin elegirlo, en el lado equivocado. Para unos, el campo parece infinito; para otros, está lleno de alambre.
Esto no significa que el franquismo fuese un régimen amable con quien cumplía los requisitos. La censura, la ausencia de libertades políticas y el control moral estaban ahí para todo el mundo. Pero una cosa es que la represión exista y otra muy distinta que te roce la piel cada día. Un chaval que hacía lo que se esperaba de él podía atravesar aquellos años sin que el sistema le pidiera nunca cuentas.
El balón que nunca quise
Mi caso era el contrario. Cuando yo era niño, la homosexualidad ya no figuraba en la Ley de Peligrosidad y Rehabilitación Social, la heredera franquista de la vieja Ley de Vagos y Maleantes, que dejó de perseguirla a finales de los setenta. Pero el delito de escándalo público siguió en el Código Penal hasta 1988 y se siguió aplicando contra gais y lesbianas, así que la amenaza legal no desapareció del todo. Y, sobre todo, las leyes cambian bastante más rápido que los patios de colegio: buena parte de mi sensación de represión viene precisamente de ahí. A veces de lleno, en la dificultad de aceptar mi propia forma de querer, algo que empecé a aprender a los cinco años, cuando un beso en la mejilla a un compañero me costó una mañana de cara a la pared. Y a veces de soslayo, por caminos que en su momento ni siquiera sabía relacionar con nada.
El fútbol es el mejor ejemplo. Me obligaban a jugar cuando no tenía el menor interés en ese deporte. No era una cuestión de habilidad ni de pereza: simplemente no me decía nada. Pero en aquel contexto, que a un chico no le gustara el fútbol era una anomalía que había que corregir, y la corrección consistía en ponerte a correr detrás del balón quisieras o no.
Ya sé que aquí estoy pisando un tópico, y además falso. Muchísimos homosexuales disfrutan del fútbol y lo practican, seguro que incluso de forma profesional, aunque en los vestuarios de élite todavía se oculte. Pero ese no era mi caso. Yo soy, para bien o para mal, el ejemplo de manual del gay al que el fútbol le trae sin cuidado. Y lo que me incomodaba no era el deporte en sí, sino la sensación de tener que demostrar, partido a partido, que era un chico como los demás.
Nadie elige en qué lado de la valla nace
Quiero dejar algo muy claro: no culpo a Jesús de nada. Él no eligió ser como es, igual que yo no elegí ser como soy. Y cuando perteneces al grupo que no se margina, lo natural es no percibir la represión, y mucho menos siendo niño, cuando todavía no tienes herramientas para mirar más allá de tu propia experiencia.
Lo que me llamó la atención de aquella conversación no fue su recuerdo, que es perfectamente honesto, sino comprobar que dos memorias sinceras pueden contradecirse sin que ninguna mienta. Jesús vivió una época normal. Yo viví una época difícil. Las dos cosas son verdad a la vez, porque la época nunca es la misma para todos los que la habitan.
Otros tuvieron que explicárnoslo antes
Las mujeres llevan décadas explicándonos a los hombres sus situaciones de desigualdad y de vulnerabilidad. Han tenido que contarnos con paciencia cosas que muchos hombres, sencillamente, no veían. No por maldad, sino porque no les pasaban a ellos.
Lo mismo hemos tenido que hacer los homosexuales. Y lo mismo han tenido que hacer las personas de otras razas, las inmigrantes, las que tienen cuerpos no normativos, las que viven con algún tipo de discapacidad física o emocional. Cada colectivo ha tenido que convertirse en narrador de su propia experiencia, porque la mirada dominante, la de quien pertenece, no alcanzaba a verla por sí sola.
Es un trabajo agotador, dicho sea de paso. Explicar una y otra vez algo que te duele a gente que no lo percibe, procurando que no suene a queja, esquivando la acusación de exagerar. Pero es el único camino que conozco para que la valla empiece a hacerse visible desde el otro lado.
Mis propios puntos ciegos
Y aquí llega la parte incómoda, la que me toca a mí. Porque si la pertenencia es lo que nos impide ver la represión, yo también pertenezco a muchas cosas. Soy hombre, soy blanco, y en bastantes aspectos de mi vida encajo sin esfuerzo en lo que se considera la norma.
Así que es muy probable que en esos terrenos me pase exactamente lo mismo que a Jesús: que camine tranquilamente por el lado cómodo de vallas que ni siquiera sé que existen. Y que algún día alguien tenga que sentarse conmigo, quizá también con una cerveza delante, para explicarme con paciencia lo que yo no he sabido ver. Espero estar a la altura de escucharle.
Antes éramos más libres, pero ¿quiénes?
La conversación había empezado por la educación, y creo que todo esto encaja con ella. Cada cierto tiempo escucho eso de que antes se educaba mejor, que antes éramos más libres, que los críos jugaban en la calle sin que nadie les vigilara. Puede que sea verdad para muchos. Pero cada vez que lo oigo me sale una pregunta casi automática: ¿libres quiénes?
La nostalgia también tiene mucho de pertenencia. Recordamos con cariño las épocas en las que encajábamos, y es lógico que así sea. Lo que conviene evitar es convertir ese recuerdo personal en una verdad universal, porque en cualquier foto de grupo de aquellos años, con todo el mundo sonriendo, siempre había alguien que sonreía por obligación.
No sé si la educación de hoy es mejor o peor que la nuestra; tiene sus problemas, como todas. Pero me gusta pensar que un niño al que hoy no le interesa el fútbol tiene bastantes más posibilidades de que alguien se lo respete sin convertirlo en un problema. Y eso, visto desde mi patio de colegio, ya es muchísimo.
La pertenencia como clave
Salí del bar con la sensación de haber resuelto, al menos para mí, una pequeña contradicción que llevaba tiempo rondándome. La clave para darse cuenta de la represión no es la época, ni las leyes vigentes, ni siquiera la edad que tenías cuando la viviste. Es la pertenencia. Quien encaja en la norma puede atravesarla sin experimentar su peso.
Y precisamente por eso, quienes sí cabemos, en lo que sea, tenemos una responsabilidad sencilla pero nada cómoda: escuchar a los que no caben, aunque lo que cuenten no coincida con lo que nosotros recordamos. Dentro de unos meses volveré a ver a Jesús. Creo que esta vez la cerveza la pago yo, por la reflexión.


